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Suena el teléfono:
- Díga.
Es tu voz.
Vienes a recogerme tras unos días sin hablarme.
Con tus amigos vamos a tu casa y fingimos pasar el rato,
juntos aunque falsos.
Todos sabemos que algo raro pasa,
pero sonreímos.
Nos lanzamos indirectas,
unas inocentes otras con malas intenciones,
nos herimos, unos más que otros.
Decidimos ir a tu casa,
y cada uno a una habitación
nos cambiamos y todos dispuestos a dormir
o eso es lo que parece.
Me siento en la cama observándolo todo,
memorizando cada rincón de tu absurda habitación,
que he visto mil veces, pero que nunca me caso de mirar.
Cruje la puerta y te asomas,
te miro y sin decirte nada entras.
Das vueltas por la habitación,
hablando de todo y de nada,
de recuerdos antiguos,
de batallas ganadas y perdidas,
de juergas pasadas,
de planes de futuros repletos de desilusión.
No me hace falta que me digas,
que haces tiempo para no irte,
quieres algo, y los dos sabemos lo que es.
Me acerco a ti.
- Tenemos que hablar. Se que me huyes,
que no quieres aclarar nada, pero yo sí
y este es el momento.
Yo... te quiero. Y no como amiga.
Yo te necesito, quiero tenerte a mi lado.
Quiero escuchar una canción
y no recriminarme al acordarme de ti.
Quiero poder pensar en ti cuando se me antoje.
Pasarme horas hablando contigo.
Batir records, leerte la mente,
pasear de la mano, hacer planes...
Pero eso te asusta y lo respeto,
respeto que quieras estar solo,
o que no quieras conmigo.
Solo te pido una cosa.
- ¿El qué?
- Que me dejes ir.
Solo quiero que me digas que no me quieres.
Se que me quieres como amiga,
pero necesito escuchar de tus labios
que no me quieres como algo más.
Entonces podré comenzar a olvidarme de ti.
Dilo.
- No
- Pero, ¿por qué?
- Porque te mentiría y porque no quiero decírtelo.
Una lágrima cae poco a poco por mi mejilla.
Y nos besamos, y me dormí en tu boca.
Y entre besos me perdí.
A gusto, feliz,
como la tonta que se adentra en el mar
perdiendo de vista la costa
buscando un barco que nunca encontrará,
porque ese barco ya se marchó muy lejos.
Incluso andará perdido en otros océanos
donde ella jamás podrá llegar.
Y lo que más duele:
No me pediste que te esperara,
que siguiera ahí,
y creeme que lo hubiera hecho.
Hubiera esperado nuestra oportunidad.
Hubiera esperado el milagro,
el cambio, la vuelta a lo bueno.
Pero tú de eso jamás te darás cuenta,
aunque eso yo todavía no lo sé.
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