Lluvia...
Empezó a llover temprano.
Se sentó en la parada desierta,
para resguardarse del aguacero hasta que amainara.
Los minutos pasaban como horas
y la lluvia seguía cayendo con toda su furia,
así que, no lo pensó más y, echó a andar.
No corrió, ni si quiera andó deprisa,
sentir caer el agua sobre ella era como un alivio,
un consuelo, un acto solidario,
o quizás una venganza,
que ejercía el tiempo sobre ella.
Las lágrimas resbalaban poco a poco por sus mejillas
fundiéndose con las gotitas que se deslizaban por su pelo.
La lenta tortura del día a día,
la soledad y la tristeza,
habían hecho una herida tan profunda en ella
que ya no era capaz de vendarlas por sí misma.
Sentía los charcos bajo los pies,
chapoteando sin parar
como instándola a que echara a correr.
De repente la lluvia cesó radicalmente
e irreflexivamente miró hacia arriba.
Se paró en seco,
un paraguas rojo la resguardaba de la lluvia.
Se giró lentamente,
lo miró a los ojos.
- Ven conmigo.
Y ella lo abrazó.

