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Los deseos son algo inexplicable,
no se rigen por ningún sentido o lógica,
son caprichosos,
y suelen volvernos peor personas.
No es distinto cuando el deseo
se fusiona con el amor.
Yo diría que es incluso peor.
Cuando el deseo de estar con esa persona
se vuelve cada vez más intenso,
empieza a ocupar mayor tiempo de nuestra mente,
y esa misma acción hace que lo deseemos más.
Hay dos posibilidades:
Una, el deseo de estar con esa persona
se hace realidad y eso nos hace felices
durante cierto tiempo.
Dos, el deseo se vuelve inalcanzable,
esa persona se aleja de nosotros,
no de manera física propiamente dicha;
sino alejándose del concepto de relación
que tú quieres o jugando contigo,
lo cual es algo horrible.
Dentro de esta segunda posibilidad
hay gran variedad de historias,
pero al final todo se puede simplificar,
porque realmente es simple,
aunque compliquemos las cosas,
es cuestión de aceptar las circunstancias
tal y como nos vienen;
aunque claro esta,
cuando estas situaciones a asimilar
nos rozan el alma,
la aceptación se vuelve dolorosa y retorcida
y eso complica las cosas;
la simplificación que nos ocupa
se divide en dos tipos de personas,
por un lado aquellas que, tras varios desastres
aceptan los hechos y deciden volver a empezar,
construir un nuevo castillo,
recuperando algo por lo que luchar,
nuevas esperanzas, nuevas metas.
Por otro lado, aquellas que no se dan por vencidas,
que no aceptan renunciar a lo que por tanto han luchado,
que no aceptan lo que ocurre,
que no permiten escapar a ese rayito de fe
que aún les queda en el corazón,
aunque eso solo los haga aún más desgraciados.
La elección está en nosotros,
eso nunca lo dudes.
...
Últimamente solo pienso
que voy a tardar en olvidarte,
como dice la canción,
19 días y más de 500 noches.
Pero, ¿sabes lo peor?
que siento que cada vez que nos vemos,
cada vez que escucho tu voz,
el contador vuelve a 0.